Pulsión del amigo

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KRK, 160 págs. (Cuentos)

Para comprar, aquí

 

PASEO Y FINAL

Bueno, creo que voy a bajar a la calle. Nadie puede impedírmelo. Abro. Cierro tras de mí. Ya está. Al fin y al cabo soy un hombre adulto. Tengo sesenta tacos y me merezco salir y entrar cuando me dé la gana.

Ya en la acera, camino despacio. En cuanto rebaso el Hotel Praga me detengo. La bolsa me estorba entre las piernas a cada paso que doy. Hija de puta. Cada vez está más llena. Aprovecho para rascarme la rodilla por dentro, haciéndole el menor caso posible —tenía que haberla vaciado antes de salir—, y luego miro al otro lado de la calle.

A esta hora la zona se llena de abuelas con sus nietos en los cochecitos. También se ve algún padre y alguna madre, pero son los menos; si son españoles, al niño lo saca la abuela o el abuelo. Cuando ves a un padre español o se despistó ese día o es que no tiene a la parentela a mano.

A través de la cristalera del primer bar de la acera observo a Susana, una rubita pequeña, polaca, con un piercing en la lengua y otro a un lado del bigote. Si ella supiese lo contento que me pongo al verla. Contento de ahí, no, que no puedo; me erizo sólo de pensar el calambrazo que me daría si por un casual se me ocurre… No. Me refiero a que cuando uno está en el hospital algún tiempo es como si ya no fuese a volver a lo de siempre. Y sin embargo aquí estoy.

En cuanto a Susana, vive con su hermano menor (que vino de Polonia después que ella), penca en el bar como nadie y a veces monta unas broncas maravillosas por cosas del trabajo. Pero parece que al jefe le gusta así, dando la nota, enseñando los dientes por todo, como si el trabajo, o sea el bar, le importara. En esa barra yo he visto lo nunca escrito sobre jefes y empleados. Pero es un espectáculo que prefiero reservar para otro momento, así que sigo de largo.

Tras semanas de suplicio me siento bien. Sólo un poco de calle me podía hacer olvidar por un momento toda esta inmundicia de los corrientazos en la uretra.

“Estese en casa por lo menos una semana”, me dijeron. ¡Pero si yo en casa solo no aguanto! ¡Qué se me ha perdido a mí en mi casa! ¡Nada!

Una hija que tengo en Logroño, que se dignó a llamarme, me dijo:

“Lo que tienes que hacer es contratar a una ecuatoriana fea de esas de tu barrio, que te haga la comida y te planche por lo menos”.

Una ecuatoriana fea que me haga la comida y me planche. Mira esa receta de un hijo para un padre… Pero venir a verme no.

En esta calle hay de todo. Paso una pastelería buenísima, en la que compro el pan cuando lo compro; si lo compro. Detrás del mostrador está esa chica que se parece con la Pfeiffer, ojos azules hundidos en las cuencas. Vino de Bulgaria, yo creo que directita a la pastelería, o al menos eso parece tras los años que la llevo viendo ahí, tan integrada ella.

Me sigo cruzando con las abuelas y los cochecitos —que parecen todoterrenos, con unas ruedas, unas llantas, unas capotas—. Los bebés me miran y yo los miro a ellos, ahí apoltronados, con la posturita tan chula ya desde chicos. Algunos van con la pierna cruzada. Tan pequeños y tan envanecidos; como los tienen a cuerpo de rey.

Esquivo un par de árboles y me pongo por el lado de fuera de la acera, a ver si así evito estorbar y que me estorben los Jeeps de la caballería de los neonatos. Y sigo pasando inmobiliarias (ladrones), tintorerías, agencias de viaje y bares; sobre todo bares. Cada tres establecimientos, uno.

En La Peña puede verse una hilera de obreros desde la entrada hasta el fondo –a lo largo de la barra—, con su mono azul y su peto amarillo chillón fosforito, para que las maquinistas los vean bien. Con todos he coincidido ya alguna que otra vez: son nigerianos, yugoslavos, bolivianos… Los atiende una chavala rumana y otra, también rumana, que no es tan chavala, mientras el dueño alterna con ellos desde un lugar cercano a la puerta.

A mí lo que me sorprende es lo bien que se aprenden el idioma estas chicas. Como si Rumanía estuviese ahí mismo, que parece que se vinieron del pueblo a trabajar.

Me cruzo con la del locutorio, Yolanda, mientras al otro lado deambulan un par de dominicanas culonas con un chico moreno ancho de espaldas y lleno de tatuajes. En el locutorio uno se entera de todo. Lo mismo escuchas a una señora ecuatoriana gritarle a alguien al otro lado del teléfono: “Dile a ese gandul que lo arregle, que mueva su trasero del sofá o no le mando más dinero”; que te enteras de la vida y milagros de la empleada.

Yolanda está visiblemente embarazada de su novio alto y con moto, así que pronto vendrá también con su carrito y su bebé; otro carrito y otro bebé más para la acera de Antonio López. Ella es uruguaya y él también. No hace mucho que vinieron, seis o siete meses. En su país, ella tiene una hija de nueve años de otro novio. Con éste de aquí lo había dejado, porque es muy celoso y un día le pegó. Una tarde que fui a por una tarjeta de teléfono me enseñó un corte en el labio y me dijo que se había terminado. Cuando volvieron, él la preñó y así siguen; hasta que le vuelva a levantar la mano —digo yo.

Ay, si no fuese porque la vida me mata…

Sigo calle adelante. La zapatería de Emilio. El herbolario de Jaime y su mujer. El Carlin de la familia Suárez; los sosainas de los Suárez. Vas a comprarles un sobre y se ponen ahí los tres, padre e hijos, encima de ti a ver qué es lo que quieres, como si temieran que les robes una goma —o un lápiz.

La verdad es que si me muerdo, me enveneno. Yo no puedo dejar de pensar cosas de la gente. Y si me apuran un poco, pues se las suelto.

Veo a la gitana parada ahí en la acera con su niño en la andadora vendiendo unos melones enormes, que parecen sandías.

Su niño me mira: “Esa andadora es reciclada”, pienso, pero prefiero comentar los melones en cuanto su madre trata de vendérmelos:

—Esos no han pasado la ITV, ¿eh? —sonrío mientras me pavoneo por delante de ella.

—¡La ITV dice el payo…! —ella me mira con agresividad y yo me río y acelero—. La ITV la tienes que pasar tú —me grita con un inequívoco tono de insulto conforme me alejo.

Al menos se ha defendido, que a veces le pegas un zarpazo a alguno y se queda ahí mirándote con cara alelada, sin saber qué decir.

La muy cabrona me ha recordado la bolsa. Me detengo un momento y me rasco la pierna por dentro. Nunca me acostumbraré al tacto del plástico. El plástico es la cosa menos asimilable del mundo. Te toca y te espeluznas.

Luego sigo caminando. Paso la frutería, varias tiendas de ropa, un chino de todo a cien y otro de chucherías.

Más adelante hay un latino jovencito discutiendo con su novia. La acorrala contra la pared, un brazo a cada lado por encima de los hombros, para que no se le escape. Y de pronto la atrae hacia sí, le da la vuelta con un brazo al cuello y empieza a arrastrarla calle adelante. Ella se resiste, pero él le sujeta fuerte las manos y la asfixia contra sí con el otro brazo. La escena parece un secuestro.

Bueno, pienso, habrá que acelerar un poco el paso, a ver qué pasa. No tanto con la idea de intervenir como por avisar a alguien si la cosa se complica. El latino debe de estar borracho de alcohol, si no de amor, y, para mi asombro, consigue arrastrarla hasta 20 metros o más. La gente con la que se cruzan los evita, simplemente. Alguno se vuelve y los mira después de haber coincidido en la acera; pero nadie dice nada —continúan de largo.

Así que él consigue arrastrar a la chica hasta la esquina y luego se mete con ella bocacalle abajo. En la esquina se detiene un señor —debe de tener mi edad, aunque no parece estar tan achuchado—, y mira alerta hacia el lugar por el que se alejan.

—¿Le está pegando? —digo, pero enseguida compruebo que la ha soltado sobre el capó de un coche y la obliga a hablar con él.

—Qué va —comenta el hombre. Luego se queda zarandeando un poco la cabeza y dice con la expresión refunfuñada—: Si es que nos han traído lo mejor de cada casa.

Lo miro de soslayo y sigo observando a los chicos:

—No creo que tenga nada que ver con eso —comento.

El hombre se solivianta un poco:

—¿Ah no? No vea cómo beben. No hay un día que no haya un problema. Son siempre ellos, los ecuatorianos y los colombianos.

—Yo vivo aquí y todo eso no me consta —dejo caer.

Él se solivianta más. Se siente acusado:

—Que conste que tengo una novia peruana, así que sanseacabó, ¿entendido? Son problemáticos. Yo sé lo que me digo y no lo digo por nada. Es así.

“Una novia peruana, quién la pillara…”, miro al viejo bigotudo (unos bigotes ralos, canosos, amarillos, novelescos) con ojeras de besugo.

“Si tiene una novia peruana, razón de más para no decir que ha venido lo peor de cada casa”, pienso. Pero no quiero problemas. Además se ha acercado a mí para decirme lo último.

Al no recibir respuesta se hastía de golpe y dice:

—Baj… —Mira a la pareja por última vez y se larga.

Se ve que no quiere discutir conmigo.

El chico se aparta de su rehén, la deja marchar, y ella corre de nuevo a la calle principal. Cuando pasa me mira (nos miramos) y luego se aleja; digo yo que para su casa.

Yo continúo. Estos latinoamericanos… Si es que han llegado directos de su país a Carabanchel, de cabeza al tajo. Estos no conocen todavía el centro de Madrid, y mucho menos han ido al teatro de La Zarzuela o visitado el museo de El Prado. Aunque a lo mejor me equivoco. A lo mejor son prejuicios míos. Cualquiera sabe; y maldita la falta que hace ir a La Zarzuela, por otro lado.

He pasado unos 15 bares más, por lo menos, contando cafeterías y restaurantes. Entre ellos el Oviedo, un asturiano cojonudo. Y un asador en el que hacen un cochifrito que está de muerte. Y una marisquería gallega en la que nunca he entrado. Y en esto que veo venir, caminando con ligereza, a una chinita que vive en mi bloque. No sé qué edad tendrá, ¿18, 19, 24?, pero es muy delgada y alta, y su cara, de una belleza muy rara, es plana, completamente plana, con unas mejillas muy largas siempre sonrosadas.

—¡Adiós, mandarina! —le digo, y ella vuelve la cabeza con el ceño fruncido.

Ella no sonríe. Nunca jamás la he visto sonreír. Es una oriental seria de remate. Y se vuelve para mirarme otra vez, con el ceño igualmente fruncido, antes de entrar en el chino de su familia.

A esta la tengo que hacer reír yo. Antes de largarme de este mundo le arranco una sonrisa, que no se puede ir por la vida con los ojos rasgados y la boca picuda. ¡Aquí me vengan inmigrantes cachondos o no me vengan, carajo!

Sigo paseándome entre los árboles y los cochecitos de bebé. Ante una óptica, una charcutería con jamones colgados por lo alto del establecimiento, un doner kebab, una tienda de frutos secos…

Delante de la última están sentados un par de negros y, un poco más allá, en el suelo, como si la cosa no tuviera nada que ver con ellos, hay una manta con DVDs piratas. Me paro delante de la manta y uno de ellos se acerca y me dice hola con una sonrisa llena de dientes. “Tú no eres negro, chico, ¡tú eres azul!”, pienso.

—Te compro una de Almodóvar y contribuyo a que conserves tus mujeres —le espeto.

Él se sonroja, o eso creo, razón por la que suelto una carcajada. La verdad es que ni siquiera sé si me ha entendido. Balbucea algo pero no lo comprendo.

—Bueno, vamos a dejarlo. Adiós —Se queda con un palmo de narices pero ni siquiera protesta. O está muy acostumbrado o es buena gente; uno nunca sabe.

Ay, Carabanchel…

Sigo en dirección a Marqués de Vadillo. Viendo a las personas de todos lados –mis conciudadanos— pasar y ocupar las aceras y las ventanas… Paso la ferretería. Dejo atrás otro bar. Me quedo mirando la entrada del garaje de repuestos.

Yo no seré nunca como uno de esos viejos españoles que se sientan en los bancos a lamentarse de haber tenido hijos, a decirse y a decirle a quien quiera escucharlos que si volviesen para atrás no tendrían ni uno.

Para qué. Malagradecidos. ¿Para estar ahora tan solos?

Yo hace mucho que no tengo hijos ni mujer ni nada. Mis heridas me las lamo yo. Y lo último que haría sería ocupar un banco en una plaza como si estuviese varado en el tiempo.

El otro día me encontré con un sobrino. Lo vi en un restaurante. Él es un poco tontito y le han dado un par de cosas en la cabeza, jamacucos de la mente. Y se me acerca con el cuento de que si se había enterado de que estoy malo y lo sentía mucho por mí, ánimo y tal, me decía.

“Mira, muchacho”, le dije, “tu mejor preocúpate de lo tuyo, que bastante tienes, que yo estoy bien. Yo estoy estupendamente”.

¡Se me quedó…!, ¡los ojos como platos…!, ¡colorado como un tomate!

Lastimeros a mí…

Llego junto a la gasolinera y, por fin, pienso que es hora de entrar en algún lugar. Y miro para el primer bar que tengo a la vista y voy y entro.

—“Necesito” beber algo —le digo al camarero.

Él sonríe de medio lado:

—Gracias por la sinceridad —dice. Y me sirve un whisky con agua.

Miro el vaso con aprensión. El líquido gira en espiral al son de mis zarandeos. Ahora lo que miro con aprensión es el contenido.

Tal vez, por esta vez, lo perdone. Aspiro hondo, extiendo el brazo y lo poso en la barra. Pero… Lo alzo.

Qué carajo.

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