3 poemas de Los chinos

Portada de Los chinos

Portada de Los chinos

PRESENCIAS, INSINUA-

CIONES

 

 

Nunca

lo hubiese

pensado,

decirle

que no

a

una mujer

como

esa, la

chica

de

los zapatos

altos.

 

Me

acompañaba

al aeropuerto y

cuando llegábamos

se volvía

la hilera de taxistas

para mirarnos

pasar,

para

mirarla pasar;

y

yo reía,

me divertían todos esos tíos

que

le decían

cosas

cuando estaba

conmigo, ver

cómo los

atraía y

luego se

los

quitaba

de

encima.

 

Entonces

cogíamos su deportivo,

íbamos

a la casa

del

acantilado

frente

al

mar

y

ella

se quitaba

los zapatos de tacón; en

realidad

iba

dejando

aquellos pares

de

zapatos por toda

la casa, un

par

en cada

habitación, y

a mí

me gustaba mirarlos

cuando

ella

estaba

sobre ellos y

cuando

no

estaba, los

miraba

y

sonreía, incrédulo: los

zapatos

de

tacón

en el suelo

del salón, del baño, del

cuarto,

 

junto a la cama…

 

 

 

 

ESAS PALABRAS

 

Por

qué

 

me digo siempre

 

no

soy

capaz,

 

no

soy

capaz,

 

todo el

tiempo esas palabras

que no

 

son ciertas

 

y

me

niegan y

entorpecen

 

de un modo tan sutil,

 

contra mis propios actos, contra la evidencia

 

de este preciso instante.

 

 

 

 

SOY HOMBRE DE UNA SOLA

MUJER Y ESA MUJER

NO LA TENGO

 

Él es

un

viejo cono-

ci-

d

o

 

un poco

mayor que yo,

unos

 

treinta-

i-

cinco,

 

pero ahora

está loco y

 

me ve

en una terraza

y se acerca

y me

 

pregunta que si

 

puede sen-

tarse.

 

Al principio está bien,

 

pero en-

seguida

 

cae

en un pozo

de

 

melancolía

 

y terror

y

 

no

 

le salen las palabras.

 

Soy

hombre

 

de

una sola

 

mujer y

esa

mujer

no la tengo,

 

dice

 

desde allá

a-

dentro,

 

se repliega en la silla

y deja de mirar a ninguna parte,

pendiente de

 

todo

 

aquello

que está sucediendo

en su

in-

te-

rior.

 

Tu no

me comprendes

 

cuando

y-

o

 

te

 

digo esto, ¿verdad?

 

Yo lo miro tran-

quilo,

 

observo

 

que

trata de contener

sus senti-

 

mientos, y

luego

le

digo que

 

sí,

 

que

claro que

lo comprendo;

 

la man-

dí-

bula

se

le desen-

caja

y

no

me mira.

 

¿Tú te estás

tomando la medicación, B.?

 

Sí, dice

él;

 

un

 

tajante,

convencido, pero

 

lo que me sienta mal

 

no,

 

lo que me sienta mal no me lo tomo,

pro-

tes-

ta.

 

Yo lo miro

sin demostrar la menor emoción…

 

Tienes que tomarte

la medicación, B.

 

¡Lo que me envenena no!,

 

¡de eso nada!, di-

ce

 

él,

 

¿¡me dan algo que me sienta mal

y yo me lo tomo!?,

 

niega;

 

ahora

se

le

de-

senca-

ja

 

la

mandíbula

de

 

nuevo,

 

los dientes de arriba

no le coinciden con los de abajo

y hace un gran esfuerzo

para contener

sus

temblores.

 

Tío,

tienes

que hacer

caso y tomarte

la medicación…,

 

pero

 

él

sigue negando.

 

También

di-

ce

que

se va a marchar para casa,

aunque

con anterio-

ridad

ha

comen-

tado

que piensa ir a la procesión.

 

Le pregunto

si

es creyente

y él dice que no, pero

que así se entre-

tiene.

 

Me

voy

para ca-

sa,

 

vuelve a decir.

 

Me voy para casa como

si tuviese

que

 

huir de algo,

 

de este instante tal vez o

lo que pudiera estar pasándole

 

por dentro,

 

pero se queda ahí sentado

hasta que le recuerdo

que me tengo

que ir,

 

que he quedado; lo cual

es cierto,

 

aunque temo que pueda

pensar que huyo

de él

y

sus

temblores

 

(temo que pueda ofenderse o

creer que le doy la espalda y

se ofusque y ponga violento)

 

sin embargo reacciona y

se pone en pie

y de pronto

es como

si se

 

hubiese

liberado

 

de su angustia y

 

me despide

tan nor-

 

mal.

 

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