OTRA DE ZOMBIS

Las Marchas de la dignidad, miles de personas caminando en columnas procedentes de los distintos puntos de España para pedir soluciones de emergencia social, se dirigen a Madrid

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Plaza de Colón, Madrid

Que nuestros votos ya no son un poder suficiente. Que nuestro consumo –nos dijeron que nos hacía soberanos, nos aseguraron que quien paga manda y quienes pagábamos éramos nosotros y ninguna empresa podía sobrevivir sin nuestro beneplácito consumidor— adolece de pegada. Si habíamos dicho que debíamos hacer todo lo posible para que los más rápidos de la sociedad avanzaran lo más rápido posible, pero sin dejar atrás (abandonados a su suerte) a quienes no pudieran, no quisieran o no debieran correr tanto, la crisis financiera nos ha mostrado hasta qué punto esto no era ni será así. Aquí el que no corre, vuela. Para eso es para lo que estamos, y no para cubrir a los que se paran; esto es a los parados, a los insumisos, a los orillados, a los enfermos, a los cansados, a los incapaces, a los impedidos, a los errados… La política, que se suponía nos proveía de unas reglas claras del juego para que ni los unos pocos se pasaran ni los otros muchos se quedaran atrás, nos ha demostrado día tras día que está ahí para gestionar sibilinamente el modo en que los unos pocos se puedan pasar con los otros muchos sin que estos muchos puedan hacer gran cosa. (El cinismo reinante reza que los unos pocos se pasan con los otros muchos por el bien de los otros muchos. Ya ven qué bien. Y los otros muchos han de creérselo). No somos, a pesar de todo, partidarios de resentimientos sociales; los resentimientos sociales van de abajo a arriba, pero también de arriba abajo, estropeándolo todo. Lo que pasa es que aquí el que no corre vuela y, por tanto, el que no llora, no mama. Todo en lo que la ciudadanía guarde silencio parece que podría quedar confiscado. Y hasta aquello por lo que no llore lo suficiente. Menos mal que la PAH, las mareas, los jueces y abogados… Menos mal la “sociedad civil”. Ni siquiera parece que vayamos a nuevas formas de antiguas luchas de clase. No es que nos encontremos en una de Dickens, o en Los miserables, de Hugo, o en Germinal, de Zola; ni siquiera en uno de aquellos cuentos de Saroyan sobre emigrantes armenios en EE.UU. tras la Gran Depresión. Las responsabilidades, hoy, están tan convenientemente repartidas… democratizadas… En este bandazo de la Historia unos muchos por la cola no han podido sujetarse y se han descolgado de la “sociedad del bienestar”, mientras los de arriba, esos a los que ni vemos, han alcanzado velocidades estratosféricas. Por qué habrían de mirar para atrás. Ese 1% de la población mundial que atesora la mitad de todo (ahora en cifras digitales que viajan electrónicamente de unos paneles a otros, buscando multiplicarse), por qué no habría de ir a por todo, definitivamente. A veces creo que estamos cerca de acabar con la pobreza en el mundo, pero no por los repartos y redistribuciones que instituciones y magnates realizan todos los años (todos esos magníficos gestos de insuficiente socialdemocracia y caridad neoliberal), sino porque el nivel de acumulación de la riqueza en unos pocos es tal que cualquier día bastará con que un solo rico diga “voy a acabar con esa mierda; yo solo, hala”. ¿Culpables? Los culpables no existen donde las responsabilidades se encuentran repartidas entre tantos actores: ciudadanía, FMI, facciones políticas nacionales, Europa, bancos de aquí y bancos de allá, grandes empresas, EE.UU. y demás potencias, “los mercados”, Alemania… ¡Todos somos buenos! (o entre todos la matamos y ella sola se murió). Solo que tal vez no hay tal muerte: ¿Problema? ¿Qué problema? ¡No hay ningún problema! Suma y sigue: a por la siguiente burbuja. ¿Alguien duda que continuamos exactamente en la misma dinámica, de camino a similares “éxitos” y “fracasos”? Más arreones a mayor velocidad. Los arreones del capital y la política. Al final de la partida: reparto del botín, adjudicación de cargas y asunción de daños; los que hayan delinquido que se hagan el harakiri ante el juez o que cumplan sus condenas y callen para siempre. Leo: “La naturaleza de las burbujas financieras…” (“la naturaleza”, así de natural, como si se tratase de un anticiclón). Será mejor que nos vayamos acostumbrando. Acostumbrarse no es transigir con lo que no se debe, incluye espabilarse ante la previsible eventualidad de aquello que nos hará daño. Acostumbrarse es prepararse. Ahora todo es consumo, consumarse, consumirse… La tiranía del número ha resultado una democracia muy modesta, mediocrizante… Pero ah, no, no preferiremos aquellos viejos elitismos, ¿no? Lo que vende, vale (¿o era lo contrario?) Lo que vende-vale y lo que vale-vende: eso no se lo cree ya nadie. Y estemos ojo avizor porque, no sé si se han dado cuenta, lo que vale cada vez vende menos; pero no solo, ahora todo vende poco, además ahora todo vale cada vez un poco menos; de la burbuja a la inflación (y no es de precios contantes y sonantes de lo que hablo, no solo). O las cosas pierden valor o nosotros perdemos interés, lo mismo que nuestros votos parecen servir algo menos. Se nos ha esparramado la soberanía nacional; y la que dicen que residía en el pueblo, también. Si imaginas el mundo en adelante comprenderás que nos espera más, para allá vamos sea bueno o malo, sea bueno y malo. Y quien pretenda ubicarse por medio de maniqueísmos lo lleva claro. “Tenemos que refundar el capitalismo”, dijo Sarkozy al descubrir la quiebra generalizada. ¡Qué gran punto de inflexión en nuestra Historia! Sin inflexión alguna, lo mismo antes que después de la frase. “El espectáculo no conduce a ninguna parte salvo a sí mismo”, decía Guy Debord. El capitalismo no conduce a ninguna parte salvo a sí mismo, podríamos decir nosotros. No votamos, consumimos política. No compramos, votamos por productos (y a las empresas ya les molesta poco la abstención; ni la desafección por consumir les preocupa demasiado). Empezamos a temer que los partidos políticos más votados en España, el PP y el Psoe, sean a la política lo que Dan Brown y El código Da Vinci a la literatura (complicado dilema si es así). Pero aún quienes discrepan y se indignan y abominan de esta democracia, proscritos, marchan por las carreteras camino de la capital, como “walkingdeads”. Llegarán mañana sábado 22 de marzo de 2014. Los muertos andantes son nuestra única esperanza. Somos zombis, amigos.

 

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