Memorias de Andrés Chiliquinga, de Carlos Arcos Cabrera

Memorias de Andrés Chiliquinga, de Carlos Arcos Cabrera. Alfaguara Ecuador, 212 págs.

Reseña publicada por la revista OtroLunes

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Andrés Chiliquinga, músico Otavalo y dirigente indígena, se dirige a Nueva York invitado a participar en el curso Literaturas Andinas. Desconfiado como buen andino ante prácticamente todo lo que le acontece, al principio no puede menos que sentirse abrumado y, al oír hablar a los demás, hispanistas consumados, sentir lástima de sí mismo. Él es músico, no es estudiante de literatura, no sabe de qué modo se ha metido en este lío, hasta se plantea si no habrá gato encerrado y lo hayan metido ahí por alguna razón. La directora gringa del curso pide a una de las estudiantes que le ayude, y, además, le exime de las obligaciones de los demás. No tendrá que aplicar para nota. Y le encarga la lectura de Huasipungo (1934), de Jorge Icaza, novela indigenista que habla de la gente que es como él. De hecho, enseguida descubre que uno de los protagonistas del libro lleva precisamente su nombre, Andrés Chiliquinga, y otro de los personajes principales el apellido de la estudiante (María Clara Pereira) que le ayuda. Pereira es un cacique y Andrés Chiliquinga un runa, un indio, como él. María Clara Pereira dice ser lesbiana, pero entre ella y él se establece una curiosa relación de camaradería que no parece postergar del todo la sensualidad; él la coge por la cintura y ella le pasa el brazo por el hombro cuando pasean por el campus y sus alrededores.

La historia que Carlos Arcos narra Memorias de Andrés Chiliquinga transcurre entre las clases, la habitación de la universidad en la que Andrés se hospeda, la biblioteca en la que él y María Clara preparan sus respectivos trabajos, las salidas a restaurantes y algún bolo que el músico realiza con un viejo amigo que vive en la ciudad. Aunque se siente en desventaja intelectual con todo el mundo, Andrés es un tipo cosmopolita, conoce toda Europa; todos los años viaja a Holanda, donde se junta con varios músicos Otavalos y se va con ellos en una furgoneta a recorrer el continente, haciendo buenos dineros tocando y pidiendo en las calles de las ciudades. Además, recientemente Andrés ha participado en la revuelta que tumba al Mahuad en Ecuador, y que, finalmente, tras un brevísimo gobierno en el que los indígenas participan, acaba con un acuerdo para que gobierne el país Gustavo Noboa, así que se ha convertido en un líder indígena (aunque, tal como lo cuenta, ha debido de ser casi a su pesar).

El relato del viaje de Andrés y su estancia en EE.UU. es franco: hombre que llega de fuera y se enfrenta a una realidad que desconoce. Choque de culturas (con la sutileza en ese choque que es propia de un mundo que está muy mezclado y tiende a mezclarse cada vez más). El proceso del personaje, a lo largo de la historia, es un proceso identitario, de confrontación con su pasado y de recomposición de quién es ahora. Andrés Chiliquinga, que parecía tener muy claro quién era, entra en crisis al enfrentar nueva información acerca del pasado de los suyos y tener que vérselas intelectualmente con lo que no es propio de su oficio ni de su condición; y de esa crisis sale un hombre distinto. La lectura de la novela de Icaza enfrenta la visión del indígena actual a la que el autor kitchwahablante arroja sobre su pueblo. Como andino, además, no acaba de comprender que lo que allí lee no sea real –o no tenga nada que ver literalmente con él (y con su tutora)—, lo que propicia interesantes reflexiones sobre la literatura; sobre ficción y realidad, etc. Su tocayo le visita mágicamente en sueños que parecen reales. Su visión de la novela no puede ser la de un hispanista, y parece que eso le piden: que no trate de imitar a los otros, que hable de lo que siente al leer el libro, nada más. Sospecha incluso que se trata de un experimento, o que se encuentra ahí porque los gringos quieren saber lo que piensa, al darse cuenta estos de que los indios son lo suficientemente fuertes para tumbar a un presidente que era amigo de ellos.

Novela narrada en primera persona en la voz del personaje principal, este resulta un personaje completo, del que conocemos y reconocemos matices prácticos, prejuicios, talentos, su forma de expresarse, y la vertiginosa evolución de su compleja identidad desde el principio hasta el final de la novela. En este sentido, el personaje protagonista de esta novela resulta espectacular. El resto de los personajes de la novela, vividos desde la perspectiva de Andrés Chiliquinga, son verosímiles, interesantes (más los más próximos a él que aquellos con los que no tiene que interactuar), y, sobre todo, ayudan de manera determinante a que accedamos a los matices más variados de la identidad compleja de Andrés; incluidos en este caso los personajes de la novela que está leyendo.

El de esta novela es un estilo realista casi funcional, en la medida que podríamos considerar que lo es el empleado, por ejemplo, en el Lazarillo de Tormes. No hay una propuesta de esteta. Lo más interesante es cómo se mezcla y confronta el lenguaje propio del personaje principal con el nuestro o con el lenguaje propio de aquellos a los que encuentra en EE.UU. Más que en la escritura, la estética de la novela se juega en un plano sociológico, y en este sentido se trata de un relato muy lúcido, capaz de ofrecernos matices muy interesantes de todo lo que nos cuenta. Es una literatura estupenda porque para transmitirnos esos matices debe acertar con los significados de un modo que resulten polisémicos, ofreciendo al lector la posibilidad de discernir entre los matices que confluyen en una misma frase, hecho o descripción. La novela, por ello, se encuentra cargada de sentido. Parece inaugurar su propio espacio literario, el del personaje, y tiene mérito porque se trata de un espacio que, como sucede hoy, abarca mucho más que un país o etnia o clase social o tiempo histórico. Es el lugar de Andrés Chiliquinga en un mundo globalizado. Una identidad cada vez más compleja. Y que evoluciona deprisa.

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