La sangre, la luz, el violoncelo

9788495602824

 

Bandini/T&B, novela, 159 pág.

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Y así pasa el tiempo hasta que el vagón se detiene. Se oye un flosh y se abren las puertas con estruendo corredizo. Sólo Ángel desciende y se oye un pitido y otro flosh y se cierran las puertas. El culebrón se alarga mientras toma cada vez más velocidad en la curva del túnel. Al pasar el último vagón se descubre la presencia de Ángel en el andén. Consulta el mapa zonal de Alvarado, mira el reloj y recorre el andén de un extremo a otro.

Ha tirado las hojas de periódico en alguna de esas papeleras con recado publicitario. Sube unas escaleras, tuerce una esquina del túnel de acceso y ve a una mujer jovencísima sentada en un escalón. Está sumida en un llanto brutal. Se encuentra arrinconada, ojerosa. Es un bulto hermoso, las piernas recogidas contra el pecho, los brazos alrededor y la falda cubriendo sus tobillos, los pies ocultos incluso, como una mesa camilla con efigie.

Se hace un corte en la yema de un dedo. Este tipo de cosas pasan siempre de repente, tuerces una esquina y zas, pero nunca estás suficientemente prevenido, aunque sí algo más insensibilizado. No puedes ocuparte de todos, así que no te ocupas de ninguno.

Tiene algo punzante en la otra mano. Ángel no consigue ver qué es, pero también tiene entre sus dedos un trozo de papel plateado, como los del interior de las cajas de cigarrillos. Del dedo brota una gota rojísima y ella lo oprime despacio hasta que la gota se desprende y cae. Ha dispuesto el papel justo debajo. Ángel no da mucho crédito a lo que ve. Da dos pasos hacia ella, cuando debiera seguir de largo. Pero ella aplica la llama de un mechero bajo el papel hasta que su sangre parece hervir. Y consigue que sus lágrimas se pierdan en su regazo o, mejor, en el charquito hirviente de sangre. Se diría que premedita el rito y es consciente de que lo consigue: el papel plateado, su sangre, sus lágrimas dentro de su sangre, el fuego que las bulle. ¿Qué le ocurre?, dice Ángel.

Ella no responde. No lo mira. Ángel no sabe muy bien qué es lo que ha visto en ella. Se podría entender que fuese carne de mendicidad o droga o prostitución, en estas circunstancias, pero Ángel percibe todo lo contrario: el cabello, la calidad de su piel, regazo de madre joven, apenas veintiséis años… Perdone, ¿quiere que la ayude?, insiste. Ángel es unos diez años mayor que ella, pero no quiere intimidarla, por eso no la tutea.

Ella alza contra él la mano que sostiene el papel con su sangre y gruñe y grita y lo amenaza fuera de sí. Ángel retrocede. El brazo de ella, aún alzado, cede con el llanto, hunde la cabeza entre sus hombros, solloza y tiembla. ¿Le ocurre algo?, ¿quiere que la ayude?, no se atreve a acercarse.

 

 

Ella se ha levantado de golpe y ha pretendido que Ángel la deje en paz. Ha corrido hacia la salida, abandonando en el suelo el papel, su sangre, sus lágrimas y el mechero. Se chupa la punta del dedo al subir en la escalera mecánica y se vuelve en el escalón para comprobar que Ángel, sin mucha convicción, viene tras ella. Ángel se sitúa en el primer escalón y asciende sin perderla de vista. Ella está en lo alto. Antes de alcanzar el rellano, al culminar la escalera, se vuelve de nuevo para comprobar que Ángel la sigue. Es extraño, de hecho Ángel no sabe si entender que ella quiere que lo haga. Y salen al Bravo Murillo de los viejos comercios. Ella camina con paso nervioso. Ángel la sigue tan de cerca. La calle está concurrida. No es fácil huir. Ni perseguirla. La media de edad de los transeúntes es muy alta, entre los cincuenta y los noventa. Los más jóvenes son los árabes. Hay un grupito de cháchara junto a la boca de metro. Se saludan, risas, dientes blancos, y sólo uno de ellos, en el centro de todos, vende un cartón de Marlboro.

Ángel la sigue y está cada vez más cerca. A su lado transcurren los escaparates: una joyería, un bar, un indio, zapatillas de deporte, otro bar, todo-a-cien, fotografías, zapatos, edredones y juegos de cama y almohadas, dos bares más, muebles de ocasión, sólo camas y somieres y colchones, una cafetería-restaurante-bar, más zapatos, y ropa, y otro indio, y un recreativo, y máquinas de escribir. Ella vuelve su cara una y otra vez (como los nadadores, entre zancada y zancada), hasta que se vuelve de golpe y gruñe contra él y Ángel se detiene en seco. La ve alejarse. La palabra no parece formar parte de su lenguaje desesperado. Y comienza a seguirla a distancia, más lentamente. Bravo Murillo adelante, al fondo, por los aires, el puente atraviesa sobre Cuatro Caminos, los viejos miran a ambos al pasar uno detrás del otro, y ella los va evitando en su particular slalom hasta que alcanza una bocacalle menos concurrida a la derecha.

 

 

Ella está a punto de entrar en un portal, pero antes lanza una mirada hacia el final de la calle. Ángel dobla la esquina en ese momento. Se detiene y se miran. Ella entra.

Ángel llega frente al portal y mira a través del cristal de la puerta. No hay nadie en la boca del lobo, oscura, que es el interior. Mira las ventanas del edificio desde la acera contraria. Supone que ella sentirá la curiosidad de saber si sigue afuera, se asomará, pues, y Ángel trata de discernir su silueta en alguna de las ventanas, pero en todas ellas se refleja el cielo, muy azul, sólo el cielo.

Se apoya en un coche frente al portal —sólo quiere verla salir, para irse tranquilo— y en seguida consigue aprovechar la salida de un vecino del bloque, y entra. Ángel mira los casilleros de correo. Lee algunos nombres, pero sabe que aquí le será imposible encontrar la información que necesita. Sube por las escaleras. Se planta en un rellano, frente a una puerta, y trata de oír algún ruido en el interior. Cómo adivinar cuál es su piso. Se revuelve sobre una única baldosa del suelo. Habida cuenta de que posiblemente ella sepa que él está aquí, tal vez se aposte en silencio tras la puerta y escudriñe a través de la mirilla. Ángel hace el esfuerzo de mirar fijamente el ojo de pez, pero éste debe de ser el único ojo que no expresa nada en absoluto. Es sólo un mirar frío. No consigue ver mirándolo. Trata de encontrar una leve sombra tras el ojo vidrioso y siniestro, y aguza el oído. Sin obtener ningún resultado.

Sube por las escaleras y se planta en el rellano del tercero. Mira alrededor: las tres puertas de los tres pisos (a, b, c) están cerradas. Posiblemente, tras cada una de ellas haya alguien. Cualquiera sabe si estarán ocupados o desocupados y en qué doméstica actividad o reposo. Pero Ángel decide subir a la siguiente planta. Se acerca a otra puerta. Parece que se escucha algo. Espera. Y está a punto de pulsar el timbre cuando la puerta se abre imprevisible. Ángel da un paso atrás. Una señora gordísima, de espaldas a él, no se percata al principio de su presencia y se vuelve dando un brinco y un grito del susto cuando lo ve allí, tan próximo, y cierra la puerta por puro instinto de conservación. Ángel se queda como un espantapájaros ante la puerta cerrada. Señora…, casi susurra (e intenta escuchar algo al otro lado: la respiración agitada de la señora), ¡señora, perdone, no quería asustarla! ¿Qué quiere?, se oye desde fuera, ¡me ha dado un susto!, su voz es histérica. Lo siento, dice Ángel, de verdad. Pero la mujer no abre. Ángel mira la puerta, el ojo de cristal. Estoy buscando el piso de una joven, dice. ¿Una joven?, ¿cómo se llama?, dice la señora. Ángel no sabe qué decir: No lo sé. ¡Y si no lo sabe cómo quiere que le diga! Ángel se hace cargo. ¡Váyase, que tengo que salir!, escucha. Ángel mira la puerta. Se resigna. Qué demonios. ¡Está bien!, ¡perdone!, ¡ya me voy!, susurra.

 

 

Un cazo bulle al fuego:

Ángel baja por las escaleras y recorre el pasillo del portal. En la acera hay una mujer revolviendo su bolso en busca de las llaves, pero Ángel llega antes de que las encuentre y le abre desde dentro. La mujer es mayor, ronda los sesenta, pero lo mira con una fuerte determinación al cruzarse con él. Se trata también de una certeza y una severidad que él interpreta como desconfianza. Ángel la mira adentrarse en el portal.

Ella lo mira por última vez antes de entrar en el ascensor que él no ha utilizado —Ángel está huérfano en la acera—, y luego asciende lentamente hasta el tercero. Ya en el rellano, la mujer avanza hacia uno de los pisos. Sólo se oyen sus pasos en el suelo, y el manojo de llaves. Tras ella se cierra la puerta del ascensor; el latón, su inconfundible quejido. Hay una C de metal sobre la entrada. En el interior, un cazo hierve al fuego. Se abre la puerta del piso y la mujer entra. Hay un cuerpo tendido en el suelo de la cocina y la mujer grita el nombre de María, súbita desesperación. Se agacha y planta una rodilla al torcer su pierna y la toca y se pone en pie, todo casi al mismo tiempo. Y trata de hacerse cargo de la situación pero las lágrimas no la dejan ver y grita María, María, y coge el cazo y mira dentro, horrorizada, que es sangre; la sangre deja de gorgotear en cuanto la separa del fuego, bullía espesa la sangre antes de que ella cogiera el cazo. En el suelo de la cocina está tendido el cuerpo de María. Y tal vez porque la mujer siente un dolor muy fuerte en el pecho y no lo soporta se lleva el cazo a la boca y se quema y grita y lanza el cazo dentro del fregadero. El cazo rebota y rueda y cae al suelo de la cocina.

Ahora sólo le duelen los labios.

 

 

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