El futbolista asesino

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3ª edición. Casa de Cartón

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4ª edición. Musa a las 9. E-book

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1ª edición. Ediciones La Palma

8495037211       El-futbolista-asesino-i1n2107384  2ª edición. Ediciones Idea

(1)

Subo al taxi con la parrilla de la barbacoa en una mano y la bolsa de deporte en la otra. Las pongo en el suelo, entre las piernas, y me doy cuenta de que ni siquiera he dado las buenas noches al hombre. Me mira por el retrovisor. Buenas, digo.

Hemos recorrido varios kilómetros cuando salgo de mi ensimismamiento. El taxista no ha dicho nada en absoluto. El taxista tiene miedo a abrir la boca o es demasiado tímido o está cansado. He salido de mi ensimismamiento sólo por una razón: el taxista tiene en lo alto de la cabeza dos bultos de distintos tamaños. Los tiene en medio de la calva y yo diría que huelen, porque ha sido un olor extraño lo que me ha distraído. El mayor es del tamaño de una pelota de tenis, sin exagerar. El otro, no. Y a pesar de estar calvo precisamente donde emergen los siniestros bultos apestosos, cuatro pelos largos y dispersos florecen grasientos desde la superficie curva.

El coche es pequeño e incómodo. Está sucio. Pero estoy seguro de que lo que huele a muerte es la cabeza del taxista, pues lo peor es que a menos de medio metro ante mis ojos los bultos me distraen, o centran mi atención en su maldad.

Póngase una gorra, hombre, le diría. Pero en realidad lo callo.

Es lo menos que debería hacer. Ponerse una gorra, aunque sólo fuera por respeto a la clientela que se sienta aquí detrás. Pero no. Ni limpia el taxi ni lo arregla ni se pone una gorra. El taxímetro es de los antiguos y hace ese ruido cuando marca. Como una caja registradora insaciable.

El tumor mayor es tan siniestro que tiene unas venitas azules en forma de riego cerebral. Me pregunto qué tendrán dentro. ¿Pus?

Imagino una disección. Primero imagino una disección limpia, con bisturí. El tipo no se da ni cuenta, sigue conduciendo, pero tiene la cabeza abierta y comienza a manarle un líquido espeso. Me mira por el retrovisor. Yo estoy mirando fijamente su cabeza. Y luego me pongo a imaginar un corte más sucio, con un cuchillo, o mejor imagino lo que pasaría si ahora sacara la navaja y se la clavase en lo alto de la cabeza.

El hombre me vuelve a mirar en el retrovisor.

—Qué hace —dice—, por qué me toca.

—¿Le duele? —pregunto.

—¿Que si me duele? No sea imbécil. Cómo se atreve a tocarme la cabeza.

—¿Le duele o no?

Me mira.

—Estése quieto o se va a enterar.

Conduce malhumorado.

Y mientras tanto yo imagino otra forma de extirparle aquello. Ahora con un golpe sucio y pesado que los aplaste o los incruste en su cabeza o los expanda reventados por su cráneo. Con una plancha, por ejemplo. O con un martillo. O con la parrilla de hierro para la barbacoa.

Entonces el taxi golpea el muro de contención y se detiene y el hombre sale del coche y no sé ni cómo ha podido hacerlo después del tremendo golpe que le he dado. Yo me bajo casi al mismo tiempo que él y lo sigo. No he visto que el bulto de su cabeza reventara ni nada de eso. Ha debido de ceder como una pelota de goma y sigue intacto allí.

Comienzo entonces a pensar unas cosas muy extrañas: que este hombre no limpia el taxi ni se compra otro coche ni otro taxímetro porque piensa morir pronto y no merece la pena. Cuando lo alcanzo me doy cuenta de lo débil que es, y me vuelvo a sentir grande. Soy inmenso, ahora más. Y atrapo su cabeza un momento porque necesito que esté quieta para poder comprobar el resultado del golpe: los bultos parecen estar colorados. Los toco con los dedos, aprieto y son blandos. Se desplazan ligeramente a los lados de la cabeza, pero están fijos en un punto. Mi deber es arrancarlos.

Lo tengo cogido por el cuello, su cabeza debajo del brazo, y lo conduzco de nuevo hacia el coche. Él se tambalea aturdido. Golpeo la coronilla de su cabeza contra el cristal del coche y me apresuro a investigar los bultos: no se revientan. Arremeto contra el cristal de nuevo. El cristal es duro y no se rompe ni la primera ni la segunda ni la tercera vez que lo golpeo. Investigo los bultos cada vez, pero siguen intactos. Compruebo, con los dedos, que no han perdido consistencia. Están calientes, muy calientes. Desprenden un calor terrorífico. Un calor que no es de este mundo. Hundo un dedo en el mayor y se desplaza. Cuando lo vuelvo a golpear contra el cristal procuro situarme de tal modo que pueda ver cómo los bultos amortiguan el golpe. Se deforman planos con la presión del vidrio. Se aplastan y cuando cesa la presión adoptan su forma original. Siniestro, ¿no? El cristal se estalla, pero yo sigo. No puedo creer que el taxista tenga la cabeza tan blanda. Porque si la tuviera dura ya se la habría roto. Después de cada golpe inspecciono el cristal esperando encontrar sangre, pero no. Empiezo a impacientarme. No me va a quedar más remedio que sacar la navaja. Le hago una zancadilla y lo derribo. Él rueda por el suelo, quejándose con las manos en la cabeza. Yo abro el coche y saco una de las botas de fútbol de la bolsa de deporte. Los tacos de aluminio brillan en la oscuridad. Se los voy a clavar en lo alto de la cabeza. Inmovilizo su cuerpo con el mío y comienzo y en seguida me percato de que estoy haciendo una chapuza y de que habría sido mucho mejor clavarle la navaja. Ahora la cabeza le sangra por todos lados, pero palpo allí donde está el bulto mayor y lo encuentro igual que siempre. Le clavo la navaja y el taxista emite un grito impresionante, pero yo ni me entero porque estoy muy pendiente de ver lo que pasa con el bulto. No salen líquidos ni nada. Yo había imaginado que dentro habría algo repugnantemente inimaginable, pero no.

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