Cuaderno de mis mayores

PORTADA-LIBRO-SPB0121293-MAX

 

Ediciones Idea, 70 págs. (Cuentos)

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El día que dejé de salir con Mª J. comencé a salir con Y.; o viceversa, comencé a salir con Y. el día que dejé de salir con Mª. J.

Tenía entonces quince años. Once meses después aún salía con Y., pero mis padres decidieron enviarme a estudiar inglés, con una familia, a Dublín.

Christine era encantadora, y John, fontanero: doblaba tuberías gruesas con sus propias manos y a menudo me hizo demostraciones en el jardín posterior de su casa. Tenían, además, tres hijos pequeños.

La noche que llegué me ofrecieron una taza de té. Debían de ser las tres de la mañana. Mi inglés era terriblemente malo. Tanto que tuvieron que traerme la bolsita de té, y enseñármela, para que pudiera contestar no, thank you.

Durante el tiempo que estuve allí escribí a Y. una carta diaria. Ella me escribió una carta, que recibí casi al final del mes.

El día que hacíamos un año de estar juntos yo había dispuesto que Interflora le llevase un ramo. Conseguí explicar a John lo que sucedía: que quería llamar a mi novia porque llevábamos un año juntos.

Él había visto su foto (Y. en bikini, en la playa), y había comentado que tenía un cuerpo exuberante: esto lo entendí en sus ojos, y en su forma de fabricar ondas en el aire con sus manos.

John me hizo escribir el número de teléfono de Y. en un papelito, pues él entendía mejor lo del prefijo internacional, hablar con la operadora irlandesa, etc., y para algo estaba en su casa.

Cuando alguien cogió el teléfono él me lo pasó.

—¿Está Y., por favor?

Extrañamente, la voz del otro lado no me recordaba la de ninguno de sus familiares.

—No, aquí no vive ninguna Y. —me dijo una voz de señora, muy amable.

Yo quería saber en qué nos habíamos equivocado: ¿en el prefijo, tal vez? Le expliqué a la señora desde dónde llamaba y le pregunté adónde había llamado. Pero, sorprendentemente, la señora dijo:

—Espera un momento, que se pone mi hija.

Aguardé un instante.

—¿Sí? —Era la voz de alguien de mi edad.

Yo dije algo, no recuerdo qué: traté de explicarme. Ella dijo algo también, tampoco lo recuerdo, pero comencé a reconocer su voz.

—¿Tú no eres…? —preguntó ella.

Yo dije que sí.

—¿Mª J.? —pregunté, completamente confundido por la situación.

Ella dijo que sí.

Tuve que explicarle que llamaba desde Dublín, que hacía un año que salía con Y. —ellas se conocían, claro—, que había dado a John su teléfono y él había debido de equivocarse. Mª J. no me creyó en absoluto, pero fue muy amable también. Dijo que se alegraba de tener noticias mías, etc.

Puesto que empecé a salir con Y. el día que dejé de salir con Mª J. (o viceversa), aquel día era de algún modo el aniversario de ambas. Pero no estoy seguro de que John lo entendiera muy bien cuando tuve que explicarle que se había equivocado de número, marcando, precisamente, el de mi ex novia. Como yo no había hablado con Y., teníamos que repetir la llamada.

El error resultó ser un 7, que tal como yo lo había escrito, según él, parecía un 1.

Llamé a Y. Estaba muy contenta por lo de las flores. Le comenté que acababa de hablar con Mª J. y su humor cambió. Se enfadó conmigo. Le expliqué el entuerto. El error. Lo increíble del asunto. La casualidad de que su número de teléfono y el de Mª J. coincidieran en todos los dígitos menos en uno, un 1 que era un 7. Y que precisamente John… en fin.

Nuestra juvenil relación no sobrevivió ésta y otras infidelidades.

 

 

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