Crónica

La Palma arde, La Palma siempre arde

La Palma arde, La Palma siempre arde. Mi primera experiencia con  La Palma ardiendo fue esta, primer cuento de mi libro de cuentos Cuaderno de mis mayores (2006), pero también hay otro libro, Historia sin cariño de Remedios Quiero Besarte (1999) en el que las cenizas que provienen de un gran incendio en el monte cubren los muebles de la casa de Remedios (y su historia de desamor).

 

Cuando tenía unos cuatro años presencié desde la azotea de mi casa un gran incendio en el monte. Era de noche. El monte entero ardía. Un infierno magnífico que se reflejaba en mis ojos.

PORTADA-LIBRO-SPB0121293-MAX

Cuaderno de mis mayores

 

A los cinco aún meaba mientras dormía. Era insoportable. El escozor. La vergüenza. Todo.

Y más tarde, cumplidos los ocho, comencé a tener unas pesadillas horribles. Bueno, tal vez no se tratase exactamente de pesadillas. En realidad nunca llegaba a dormirme. Ése era el problema, que el terror llegaba antes que el sueño.

Veía bichos por todas partes. Tenía en la cama —sobre mí— una colcha con dibujitos que de tanto mirarlos fijamente en la oscuridad y temer que fueran serpientes o gusanos o ciempiés (los que más me aterrorizaban, en efecto, eran estos últimos), comenzaban a reptar hacia mis orejas.

Al principio me cubría hasta arriba con la colcha, pero pronto dejé de sentirme protegido de este modo: los ciempiés y las arañas, pero sobre todo los ciempiés que eran con mucho, como digo, los peores, empezaron a encontrarse precisamente debajo de la colcha y, de tanto pensar que me subían lentamente piernas arriba, notaba cada vez más nítido el cosquilleo de unas patas siniestras. Parece increíble hasta qué punto puede resultar convincente el efecto de la autosugestión.

Renegué del sueño y del descanso y de apagar la luz por las noches y de acostarme y de cerrar los ojos, y comencé a someterme a unos absurdos paseos dentro de la habitación, que con frecuencia se prolongaban hasta que mi madre no soportaba la preocupación y se levantaba y acudía y me preguntaba, por ejemplo, qué me pasaba. Siempre terminaba resignándose y acababa tendida a mi lado hasta que me durmiese.

Recuerdo que fueron unos meses angustiosos. No sé cómo me tenía en pie durante el día; cómo no me quedaba dormido en el colegio.

Pero por las noches los pequeños reptiles acechaban mi sueño, desvelándome. Los cosquilleos eran cada vez más convincentes, tanto como el reptar hipnótico de las sombras de las sábanas o las mantas: mi madre ya había suprimido la colcha de los dibujitos.

A menudo había un cocodrilo inmenso debajo de mi cama. Lo suponía esperando con suma paciencia su oportunidad. Así que no me atrevía a descolgar ninguno de los brazos por el lateral de la cama, y me pasaba la noche en vela, temiendo quedarme dormido porque a lo peor descolgaba un brazo sin querer y el cocodrilo aprovechaba la coyuntura.

Mi padre prohibió a mi madre que siguiera acudiendo en mi auxilio, pero ella, siempre que podía, se saltaba las ordenanzas. Sin embargo esa actitud de mi padre lo dificultó todo muchísimo. Yo sospeché su estrategia y acentué el ritmo de los pasos de mis paseos nocturnos. Pero había noches que ni por esas: mi madre no acudía.

Una noche mi padre se puso como se pone él cuando quiere cortar por lo sano. Nos encontrábamos en su habitación. Él argumentaba que dónde veía las serpientes. Yo respondía que debajo de su armario había una. La luz estaba encendida, no debía de caber la menor confusión por mi parte. Él miraba debajo del armario, alucinado. Yo señalaba —el alucinado era yo— la posición exacta de la serpiente. Por un momento la vi, para mi asombro, bien detallada, consistente y rotunda, enroscada. Pero la ira de mi padre lo llevó a levantarse de la cama, se agachó a los pies del armario y desvaneció la serpiente con un agitar enfervorecido de sus manos. Gritó que dónde veía ahora la serpiente, ¿allí donde tenía su brazo?, y me miró desafiante.

Sin embargo esto no bastó para apaciguar mis temores.

Mi madre, respaldada por mi abuela P. y alentada, posiblemente, por algunas vecinas, urdió la posible solución de llevarme a una curandera que vivía cerca de casa. No sé cómo mi padre accedió, pero lo hizo.

La curandera nos recibió, a mí y a mi madre, en su casa. Hizo el paripé de brujería con agua que regó en forma de cruz sobre mi torso descubierto. Luego fue recorriendo la cruz con su mano temblorosa y exorcizante, y provocaba un chasquido, entrechocando sus dedos, al final de cada operación, como si estuviese expulsando algún mal recogido de mi interior. Cada vez que se producía el fuerte chasquido se me ponían los pelos de punta.

La curandera dijo a mi madre: Este niño presenció un gran incendio. Y mi madre se quedó pensando que a lo mejor la mujer sabía lo que se hacía, pues recordó el incendio en el monte que yo había visto desde la azotea de casa.

Reiteramos la visita sólo una vez más. La mujer repitió su paripé del agua y los chasquidos, y yo me estremecí de nuevo: ya me atemorizaba más aquella vieja que los ciempiés, así que no repetimos la visita. Me curé, tal vez voluntariamente, sólo por no volver a su casa, y por temor a tener más alucinaciones. Supongo que era algunos meses mayor y había dejado de importarme que mi madre no acudiera en mi ayuda al anochecer.

Para superarlo, pillé algún ciempiés por casa y me ensañé con él a base de alcohol y desmitificador fuego. Además, comencé a imitar con verdadera eficacia ridiculizante los chasquidos de los dedos de la curandera.

(1994)

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s