Sobre cine

Abbas Kiarostami: el cineasta coránico

El director de cine iraní falleció el pasado 4 de julio de 2016 a los 76 años. Una votación de todas las cinematecas del mundo, a principios de los 2000, escogió 3 películas suyas entre las 5 cinematográficamente más relevantes de la década de los 90. Es posiblemente el cineasta de mayor prestigio de los últimos 30 años.

Abbas Kiarostami

Abbas Kiarostami

Artículo publicado en el suplemento “El Perseguidor” del periódico Diario de Avisos

Llamará la atención este título. Quién ha referido al Corán, alguna vez, para definir el cine de Kiarostami. Tal como somos, posiblemente le habría perjudicado. El propio Kiarostami, ¿mencionó alguna vez esta “influencia”? ¿En Irán quizás?

El cine de Kiarostami nos sorprendió por sus repeticiones, su cadencia, su contemplación; y también por su novedoso lenguaje cinematográfico, que es distinto al propio del cine occidental (cada vez más signado por el entretenimiento, por el consumo), y que también difiere de lo que reconocemos como propio del cine oriental (Kurosawa, por mencionar una cumbre, y que estaría signado por la transformación de la realidad en lo más intenso, perturbador). Hay algo en Kiarostami que es distinto a todo lo que conocíamos, algo que es suyo, una aportación de incalculable valor estético; pero no solo estético, porque también atañe a lo que dice. Kiarostami alcanza el sentido por otros medios, y ello le permite exponernos a significados a los que no nos encontrábamos habituados.

¿Han escuchado alguna vez la llamada a la oración en una ciudad musulmana? La cadencia, la repetición. Además de a la oración, esa cadencia, esa repetición invitan a la contemplación. Es penetrante, esa llamada. Y es resistente –todo lo contrario que disgregadora—, nos concentra en nosotros, detiene el mundo, llama a atender a lo que importa. Dios, sí, pero, si queremos, desde una visión atea, nos concentra en lo que importa de toda vida, de todo mundo.

Hay algo versicular, poético, en las repeticiones del cine de Kiarostami, que recuerda a las repeticiones durante la oración coránica; y las repeticiones son aquello, precisamente, que, cuando volvemos la memoria hacia su cine, recordamos con mayor gozo, con divertido asombro, disfrutando de la sorpresa de ver repetido, sonriendo ante la maravilla del tiempo que dura. Hay algo versicular, poético, en las idas y venidas entre pueblos del niño de ¿Dónde está la casa de mi amigo?, camino sinuoso como la vida mediante; y también hay algo de versicular, poético, en las idas y venidas del documentalista de El viento nos llevará, que necesita cobertura para llamar a Teherán, y toma su jeep y se aleja hasta una colina, habla (da igual cuánto tiempo necesite), y regresa, así varias veces a lo largo de la película, como punto de inflexión, haciendo durar la historia, haciéndonos permanecer en la vida que posterga la muerte que no llega; la agonía, el final. Hay algo versicular, poético, en la repetición de diálogos con pequeñas variaciones de ese hombre que busca en la carretera una persona que lo entierre, pero también en la forma de decir de los personajes del cine de Kiarostami, que, normalmente, trabajaba con actores naturales (A través de los olivos, cine dentro del cine que nos lo muestra), personas que hacían de sí mismas y, por lo tanto, repetían sus frases de manera cadenciosa, no siendo algo que ellos decían, sino algo que ellos habían aprendido que debían decir para la película, como una oración que se aprende. Los personajes oran sus diálogos, en Kiarostami.

Es religiosa, la repetición de Kiarostami: de la religión de la vida. ¿Acaso Drayer requirió ser ferviente creyente para mostrarnos el camino del milagro de Ordet, Lars Von Trier el milagro de Rompiendo las olas, Aki Kaurismaki el milagro de Le Havre? Tal vez no más que beber en la cultura en la que fueron educados, como hace Kiarostami.

La aportación del Islam al cine de Abbas Kiarostami es importante porque influye en la forma —desde la forma— para abordar el sentido, para transformar la visión, para impregnar la mirada, para enseñar a mirar. Y enseña a mirar de un modo que resulta resistente, pues la mirada se vuelve para encontrarse con lo que es esencial y nos puede cambiar.

Pocos cineastas nos han cambiado tanto como espectadores como él lo ha hecho. Pocos directores han acertado a hablarnos de lo que importa como Abbas Kiarostami.

 

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