Sobre cine

El viento nos llevará

[“El viento nos llevará” (Francia-Irán, 1999) Dirección, guión y montaje: Abbas Kiarostami. Basado en una idea de Mahmoud Ayedin. Producción: Marin Karmitz y Abbas Kiarostami. Fotografía: Mahamoud Kalari. Música: Peyman Yazdanian. Intérpretes: Behzad Dourani y los habitantes de Siah Dareh, en el kurdistán Iraní]

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Un cine inaprehensible, leve y delicado en su paisaje y su silencio, en su descripción minuciosa, eterna e infinita, del mundo y la vida. Las películas de Kiarostami son reconocibles no sólo por transcurrir en Irán, en un ambiente rural que nos resulta exótico, sino porque posee un lenguaje cinematográfico singular, personal e intransferible: su particular forma de mirar alrededor. Un lenguaje que, además de producir una impresión estética impagable, excluye al espectador perezoso, al que no quiera participar creativamente en ellas. Es un lenguaje marcado por el silencio musical, un silencio que se produce en el argumento, en los blancos de la trama sutil. Un silencio hecho a menudo de paisaje, de mera descripción paisajística, geográfica o arquitectónica. La retórica de Kiarostami es, pues, la retórica de una redundancia que creíamos imposible, la del cine que se consagra a la descripción, renunciando a las posibilidades dramatúrgicas y, por lo tanto, al entretenimiento convencional. Quiere Kiarostami que el espectador rellene los silencios, se entretenga en “descubrirlos” y conferirles un sentido, y por ello realiza un cine “inacabado, a medio terminar”, según confiesa. Se trata de una nueva forma de entretener, propicia tan sólo a los espectadores que hayan visto, leído y vivido con el intelecto, es decir, percibiendo y aprehendiendo lo percibido.

Sin embargo estamos ante una de sus películas con más concesiones al entretenimiento convencional, al humor, a la mala uva. Y además, en algunos momentos, hace asequible su particular lenguaje cinematográfico, y tiene el detalle de suministrarnos esos contraplanos que normalmente deja fuera de nuestro alcance, fuera de campo, en la cara oculta de la cámara. Incluso comete un exceso efectista, en una larga secuencia que transcurre mientras el personaje principal se afeita, al situar la cámara en el lugar del espejo; un sitio imposible, antinatural, que supone, para los espectadores de su cine, casi una provocación. Pues está su cine —falso documental, rodado en esta ocasión con un solo actor y las gentes de Siah Dareh— marcado por una profunda convicción poética que bien puede prescindir de efectos. Es la suya una poesía antigua, que tiene en la repetición (con leves variaciones) de un bloque del argumento, una suerte de versículo o estribillo o letanía indispensable. Así en “¿Dónde está la casa de mi amigo?”, las idas y venidas del niño al pueblo de su amigo. O, en “El viento nos llevará”, cada vez que suena el teléfono móvil, los desplazamientos del protagonista hasta la colina donde se encuentra el cementerio. Un desplazamiento en el que se adivina un fuerte sentido metafórico: cuántas veces habrá de acudir un hombre ante la muerte, antes de morir. La vida como el reguero de sangre que va dejando un hombre desde su nacimiento hasta la muerte; o, en palabras de Quevedo, la vida como “presentes sucesiones de difunto”.

Esta película de Kiarostami es un magnífico ensayo sobre la muerte. En ella la muerte se respira, queda suspendida en el paisaje, y a resultas de ello la vida cobra sentido y nos acaricia los ojos.

Reseña publicada en la revista Cinerama

Incluida en el libro De cine (Baile del sol, 2007)

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