Reseña

Los golpes y el paisaje

26

Periférica, 2015, 267 páginas   

Reseña publicada en la revista Colofón    

Novela radical a su manera –la del boliviano Maximiliano Barrientos (1979)— realista y de eficaz tremendismo, cuenta sin ambages las durísimas heridas emocionales de los personajes, especialmente las de su protagonista y narrador, Vitor, por medio de un estilo muy directo, en primera persona, no exento de una sutilísima capacidad poética, que no embellece ni edulcora la narración, sino que produce mayor sensación de crudeza si cabe, calidez de lo emocionalmente demoledor. La voz del narrador resulta honesta y se diría que se trata de una de las virtudes del libro: nos respeta.

Vitor regresa a su casa (en Santa Cruz, Bolivia) después de muchos años de ausencia y sin que ni su hermana menor Fabia ni la mujer viuda de su padre, María, sepan nada de él, sólo que desapareció en EE.UU. y que hace mucho tiempo que no quiere saber de ellos; ni siquiera regresó cuando le avisaron de que su padre había muerto, 10 años atrás. El relato comienza justo a la hora de su regreso. Vitor se enfrenta a su pasado: a los recuerdos de una familia que fue feliz hasta que su madre murió de cáncer y su padre se dio a la bebida; a la novia, Laura, a la que amaba y perdió al marcharse y espaciar cada vez más las llamadas para terminar desapareciendo como si se lo hubiese tragado la tierra; a los amigos del colegio, ahora derrotados, se diría que por el mero paso del tiempo sobre sus vidas simples, sin horizonte. Realmente sentimos la angustia de un personaje que parece no saber si será capaz de sobrevivir al peso de un pasado que lo aplasta. Vitor trata de curarse de su propia historia, lo que supone, básicamente, curarse de la familia. Tras un primer instante en el que ni él sabe lo que quiere (huiría), poco a poco parece entender lo que necesita, todo lo contrario: dejar de huir, afrontarlo como buenamente pueda. Recomponer los pedazos de lo que quede para poder seguir adelante.

El resto de personajes quedan bien definidos, emocionalmente, en su trato con Vitor –en lo que este recuerda de estos y en lo que finalmente le dicen en los encuentros que mantiene con ellos—: María, Alejandro, Juan el ex futbolista, Laura, Fabia, su sobrino Colum. También los personajes que ya no están (el padre, la madre), pero estos del modo en que el tiempo los ha acomodado en el recuerdo. No hay un orden cronológico en la sucesión de flashbacks. La estructura no sólo no oculta, sino que enfrenta (aquí la valentía narrativa del narrador parece expresar también la valentía del personaje) tanto lo sucedido en el pasado como lo que ha de suceder en el presente. Las grandes elipsis, a menudo, son especialmente expresivas: a veces el autor interrumpe un capítulo allí donde parece que podría producirse –si siguiéramos una lógica dramatúrgica— lo de especial relevancia. Con todo, el relato avanza de manera episódica, dando tiempo, confiriendo espacio a la vida de los personajes.

Pero lo que nos cuenta, aquello que se encuentra más allá del mero argumento, de los personajes, del tiempo verbal, etc., es de una emoción extraña, literariamente inusual, y de una tristeza que nos vacía. Esto es: cómo después de tal esfuerzo de superación emocional de los viejos conflictos íntimos de infancia y juventud, sin embargo, se trata de una curación para nada, en cierto modo; para vivir unos últimos años de vida como un convaleciente, curado de aquello, arreglado consigo mismo, perdonado después de su perdón a los otros, sereno, viendo pasar el tiempo y, finalmente, viendo pasar los cadáveres de quienes un día constituyeron una culpa que a punto estuvo de arruinarle la vida.

En la última novela de Luis Mateo Díez, La soledad de los perdidos, uno de sus personajes afirma que “Un golpe en la vida es a veces suficiente para que jamás se deje de temblar”. En esta estupenda novela de Maximiliano Barrientos, La desaparición del paisaje, Vitor recibe, no uno, sino varios de esos golpes, y temblamos.

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