Crónica

Café Comercial

Placa

Supe del cierre del café Comercial, el lunes pasado, poco antes de dirigirme a otro de los cafés de Madrid, el Gijón. Aunque se me había hecho tarde para acudir a “las lentejas” de ese día y ya había descartado ir a comer allí, en el último momento, me llamó Anelio Rodríguez Concepción, que estaba de paso por Madrid, para que nos viéramos esa tarde; le comenté que aún llegábamos al café (al puro, a la copa de la sobremesa) de “las lentejas”, que alguna de la gente que se da cita en el Gijón deseaba conocerlo, y quedamos allí a las 15.30h. Aplacé, pues, el impacto de la noticia del cierre del Comercial –el estupor—, y allí me fui con mi hija de 9 años, que es una santa y se dedica a leer (y los escritores se lo celebran y hasta se lo jalean, ¡lee, mi niña!) mientras en la mesa se parlotea durante horas; en esta ocasión y en algunas otras, hasta las 20.00. Ese lunes fue uno de los días concurridos de “las lentejas”, aunque echamos de menos a Pepe Esteban; estaban por supuesto Juancho Armas Marcelo y Juan Carlos Chirinos, y también Jorge Edwards y Carlos Franz, además de Anelio Rodríguez Concepción y yo (cito sólo a los escritores, pues había más gente); otras veces van Jorge Eduardo Benavides, Ignacio del Valle, Ernesto Pérez Zúñiga, Fernando Sánchez Dragó, Pedro Crenes, el traductor japonés Ryukichi Terao o Elsa López (estos 2 cuando se encuentran en Madrid). He coincidido allí con José Luis Torres Vitolas, con Fernando Rodríguez Lafuente, con Juan Carlos Méndez Guédez, con Marcelo Luján, con Paula Izquierdo, con Raúl Tola, y un largo etc. El café, la tertulia, el encuentro de escritores goza de buena salud. Esa es la buena noticia, la mala es que ha cerrado el café Comercial.

Cuando llegué a Madrid en 1993, el Café Comercial se convirtió, muy pronto, en el lugar en el que quedábamos algunos alumnos de la Escuela TAI para proponernos guiones que realizar en las prácticas de rodaje, para planificar dichas prácticas o discutir los detalles nimios de producción o montaje. Por entonces, sentado en una de las mesas del centro de la pared lateral, solía encontrarse el filósofo Javier Sádaba. Yo había leído alguno de sus libros y, la presencia de un escritor al que has leído, aunque no lo trates, aunque apenas sí lo conozcas, hace más cálidos los lugares. Y eso era el Comercial, entre otras muchas cosas, un lugar en el que verse continuamente acompañado por personas que escriben, actúan, hacen periodismo, dirigen teatro, dirigen cine, fotografían, pintan, hacen música…

Ya a principios de los 90 se encontraba por allí el camarero Juan Bohigues (que no ha cambiado nada en todo este tiempo), elegante en su uniforme, la chaquetilla blanca, y a vueltas con sus veleidades artísticas, escribiendo guiones que presentaba a productoras –he podido encontrármelo hasta en el andén de la estación de trenes de San Sebastián, porque había ido, como uno, al festival de cine—. Juan acaba de ser padre y, por cierto, le debo la lectura del manuscrito de su primer libro de cuentos, que me ha enviado hace unas semanas. Y también podía verse por allí, siempre desde que fui por primera vez, a los Fernandos, los socios dueños –el con pelo y el sin pelo—, pues no había día que no se pusieran la chaquetilla blanca para atender las mesas como dos camareros más. Con el con pelo apenas he hablado alguna vez. Mi trato fue siempre con el sin pelo, que, además, en los últimos años había impulsado el uso de la segunda planta para la celebración de actos culturales y, poco a poco, había equipado el salón de arriba con un pequeño escenario, iluminación, pantalla y sonido.

El Comercial siempre estaba vivo, por horas, unas horas más y otras menos, pero siempre vivo (y había ocasiones en las que, si estabas allí demasiado tiempo, salías con dolor de cabeza, tal era el ruido generado por las conversaciones y el tintineo de la vajilla), pero últimamente la terraza no se llenaba casi a ninguna hora, la zona de la larguísima barra había quedado prácticamente desierta, y no era tan sencillo llenar la segunda planta, en la que se daban cita los jugadores de ajedrez –y cartas, y damas—, y los que consultaban el internet de pago. Ni siquiera acogiendo la organización de actos era sencillo encontrarla llena. Así que Fernando se batía continuamente con la frustración de hacer cosas pero no conseguir mucho, aunque el Comercial era posiblemente uno de los mejores sitios, por su ubicación y por sus características, para convocar a cualquier cosa.

La última vez que estuve, apenas unos días antes del cierre, Pedro Crenes presentó su libro de microrrelatos Microndo, publicado por Casa de Cartón (el editor José Luis Torres Vitolas solía presentar en el Comercial todos los libros que iba publicando), con Doménico Chieppe y, ya en el público, Michelle Roche, Ernesto Pérez Zúñiga y Linda Ontiveros, entre otros. Tras la presentación, tomando algo en el salón de abajo, alguien dijo que, en el lugar de la presentación allí arriba, habían apartado mesas y sillas y,  en aquel preciso instante, un montón de parejas bailaban tango, ¡bailaban tango!, y propuso subir a verlo, que era muy bonito. Por alguna razón, no subí a mirar y ahora lamento profundamente no haberlo hecho.

El otro editor fijo del Comercial durante estos últimos años era Pablo Méndez, de editorial Vitruvio. Presentaba allí muchos de sus libros y realizaba un multitudinario recital anual, a finales de julio, en el que he participado alguna vez. Por eso, también, mi último libro de poemas, Los chinos, lo presenté en el Comercial, con Carlos Salem. Me extrañó una foto de todos los participantes del recital Vitruvio de este año, que tuvo lugar la semana pasada, una semana antes del cierre, cenando en una larga mesa dispuesta en el salón de abajo, porque me pareció (al encontrármela en Internet) que alguien se despedía, y no supe si pensar que era el editor, porque ni por asomo se me hubiese ocurrido que quien se despedía era el café. Imagen extraña, mortecina, crepuscular, de poetas cenando, en un café que, sólo unos días después, ya no existe. El poeta Tomás Segovia se sentó durante años en ese mismo lugar y, últimamente, al menos para mí, resultaba harto difícil entrar en el café sin vislumbrar por un segundo su cabellera blanca, fantasmagórica: ahora será la fantasmagoría dentro de la fantasmagoría que es el café.

Para mí, desde aquellas primeras mañanas y tardes de 1993 y 1994 planificando pequeñas prácticas de rodaje, el Comercial ha sido el “lugar de encuentro” natural. Allí me veía a finales de los 90 con Andrés Koppel y Juan Carlos Fresnadillo; o me di cita por primera vez con el que luego ha sido uno de mis mejores amigos, Juan Carlos Méndez Guédez, con su mujer, la psicóloga Esther Roperti; o quedaba para charlar con los actores Victor Rivas y Martín Mujica. Cuando, allá por el 2000, llegó el momento de buscar actor para uno de los personajes de mi primer cortometraje, Mirar es un pecado, allí me cité con la productora Belén Sánchez y con los actores candidatos, que se sentaban a nuestra mesa de 20 en 20 minutos para una primera entrevista; hasta que llegó Israel Rodríguez y se acabó la búsqueda. En el Comercial he quedado también con mi actriz predilecta Nieve de Medina, o con el amigo director de documentales Miguel G. Morales, que acudió con el actor José Manuel Cervino (y hasta habrá foto de aquel divertido encuentro en algún sitio), o con el productor Guillermo Carnero, o con el ayudante de dirección Javier Petit.

Estoy seguro de que muchos clientes del Comercial podrían hacer una memoria similar a esta, con distintos nombres y hasta con nombres coincidentes con los que voy disponiendo aquí, porque eso es el café; si algo lo caracteriza es el “encuentro” y por eso escribo –sin que sirva de precedente– este artículo plagado de nombres, porque los nombres son el mejor homenaje que se le puede hacer.

Cuando laboralmente hice la programación de La Noche de los Libros, el café Comercial era uno de los lugares más exitosos a la hora de organizar un acto. En el 2008, con la colaboración de Fernando Marías, hicimos allí uno con Juan Manuel de Prada, Paula Izquierdo y Rafael Reig que llenó el café de un modo espectacular. Lo mismo al año siguiente, 2009, que estuvieron Andrés Barba, Vanessa Montfort y Ángela Vallvey. La Noche de los Libros hace mucha publicidad de los actos que organiza, y, además, lo que hacíamos allí se celebraba en la planta de abajo, metíamos iluminación, y ya desde la calle se notaba que en el café estaba sucediendo algo gordo.

Pero el Comercial ha sido a la cultura como el backstage al centro de la escena, aunque ocasionalmente se convirtiese en el escenario mismo. El café Comercial, para mí, no fue tanto el lugar donde celebrar una tertulia como el sitio idóneo para el encuentro regular con algún amigo, para iniciar una colaboración con alguien o para, una vez hecho el trabajo, recibir los resultados en forma de libro. Más que para una tertulia, en definitiva, el Comercial era el lugar idóneo para un vis a vis. Cuando tuve mis primeros manuscritos casi terminados, allí me reunía con la montadora de cine Cristina Otero a charlar durante horas sobre los más nimios detalles de la historia; y cuando Cristina Otero ha tenido guion de cortometraje en desarrollo allí nos hemos reunido durante horas hasta tenerlo bien masticado para su dirección. Lo mismo con el director de cortos Xavi Sala o con el guionista y director Fernando León Rodríguez. El Comercial ha sido el lugar de encuentro para la discusión de algunas de mis historias, pero imagino que lo habrá sido para la discusión de las historias de un extraordinario número de personas. Y también era el lugar de las pequeñas transacciones, el lugar de te lo dejo y lo lees y luego hablamos o el lugar de ya lo terminé mira a ver qué te parece. Allí quedé con Ismael Belda para entregarle los ejemplares, recién salidos de imprenta, de su La Universidad Blanca, que hemos publicado en Colección La Palma de poesía; y un poco después, apenas hace unos meses, allí le entregué al editor David Cabrera las correcciones, revisándolas página por página sobre la mesa de la cafetería, del libro Diario de John Roberton, de Blanca Strepponi, que hemos publicado también. Eso cuando no ha sido el editor quien ha quedado conmigo para entregarme mis ejemplares de alguno de mis libros.

Ciertamente, era inimaginable que el Comercial dejara de existir. El propio Fernando, alguna vez, entre veras y bromas, me comentó que aquello (que era un negocio familiar y por eso seguían, a pesar incluso de algunas ofertas para dejarlo) sólo se podía cerrar de una forma: de golpe, porque si no se generaría demasiado revuelo. ¡Imagínate, decir que el Comercial se cierra! Y nos echamos unas risas. Sí, sí, tú ríete pero…

Sí, mejor de golpe. Me recuerda un poco a esos amigos o familiares que enferman de cáncer y no te lo dicen, te lo ocultan, y te enteras de pronto, el día del deceso, de que ya no los vas a ver más. Creo que aún no he conseguido hacerme a la idea de que el Comercial no está, así que va a ser un duelo largo, una ausencia dura, una pérdida que recordaré especialmente cuando tenga que quedar con alguien y comprenda que no, que ya no. Pero también es una herida grande que me hace un poco más madrileño, porque, paradójicamente, lo que más me hace madrileño no es tanto haberlo tenido como haberlo perdido. No quiero ni pensar cómo será esa herida para los Fernandos, o para Juan Bohigues, porque allí nos recibían, eran el centro, no tenían más que estar allí para que todo sucediera y, si nosotros hemos perdido el café, ellos nos han perdido a todos nosotros.

Algún día cerrará el Café Gijón. Pero no es por el capitalismo (o sí, también): es ley de vida.

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