Reflexión

Acoso: deriva de positividad. Hasta la negatividad misma

David Jon Kassan

David Jon Kassan

Al acosado hay que decirle, si yo hubiese estado ahí, nada de eso te hubiese sucedido. Por desgracia, un elevadísimo porcentaje de la gente que presencia un abuso, un acoso, no hace absolutamente nada para detenerlo. Yo he visto cómo 50 tíos hechos y derechos presenciaban expectantes cómo se agredía, insultaba y vejaba a un recién llegado, y sólo 1 de los 50 hizo algo para parar aquello, a riesgo de pasar a ser el agredido, insultado, vejado. Mientras, muchos de los otros 49, que se habían quedado quietos, expectantes, mirando, sin hacer nada, advertían de su error al que había intervenido. Cómo se había atrevido, ¿no se daba cuenta de que ahora aquellos tipos irían a por él?

Por eso, al acosado hay que decirle que si tú hubieses estado ahí, nada de eso le hubiese sucedido. Y luego hacerlo, intervenir si te encuentras el caso, aunque intuyas que podría ser el principio de tu sufrimiento.

***

Vivimos en sociedades tan publicitarias que premiamos a los pelotas.

El que está dispuesto a enfrentarse por cuestiones éticas es identificado como un problema.

De este modo, ascienden muchos cobardes, los que actúan en grupo, los gregarios, los que se cubren entre sí en lo bueno y en lo malo.

Tiene cosas positivas, prescindimos de los “líderes fuertes”.

Y también negativas. A menudo echamos en falta un poco de ética entre grupos enormes de personas que han ascendido.

Cuando los que tienen cierto ascendiente económico, político, laboral sobre nosotros son los más cobardes, los gregarios, los que pasan por sumisos ante los de arriba, los que pasan para arriba por transparentarse, los que son capaces de tragarse cualquier principio ético si quien lo dice es el jefe (y el jefe es otro que tal baila, que ha llegado ahí del mismo modo), el acoso está servido.

El que no esté dispuesto a transigir, a dejarse, es acosado. No hay nadie alrededor con suficiente ascendiente sobre los demás como para que el acoso no se produzca (o que esté dispuesto a detenerlo). Todo el mundo sabe que, si alza la voz, será el siguiente.

El resultado es que mucha gente se encuentra atrapada, impotente, en una sociedad que le repugna, porque además no puede hacer nada y, si lo hace, es peor. El que encuentra la posibilidad, desiste, se inhibe, se quita de en medio. Es el triunfo de los cobardes, de los que, si hay algo en cuestión, dicen sí a todo.

Estamos alcanzando el grado opuesto del anterior culto al fuerte (que tanto dictadorzuelo dio), y resulta que no siempre es mejor.

***

Somos tan, tan, tan publicitarios (en lo que hacemos, decimos, nos permitimos pensar…) que proscribimos cualquier signo de negatividad en nosotros y en los demás. Y como todo, eso está bien y está, también, mal. Un “exceso de positividad” puede ser muy negativo: “un infierno de positividad” (Byung-Chul Han).

Un caso que me parece sintomático es el de la figura de un cierto tipo de “hater” (odiador) internauta. El “hater” verdadero, el que odia todo el tiempo, sin tregua, el resentido que lanza dardos a prácticamente todo lo que se mueve –desde la corrección y desde la incorrección política—, lo suele hacer desde cierta positividad molona, y cosecha un éxito a menudo desmedido (muchos deditos para arriba, ese gran signo de la positividad de hoy). El “hater” no tira dardos de odio, sino darditos envueltos en humor, desenfado, ingenio; una inteligencia blandita, intelectual sin serlo, y nada de ello en proporciones que pudieran resultar excesivas, de tal modo que, aun odiando a trote y moche, aún puede cultivar una imagen favorable, aunque engañosa tanto para el otro como para sí mismo. El resentido odiador moderno se cree de lo mejor, y a menudo pasa por ser de lo mejor. Hay engaño y autoengaño. El “hater” es un narciso y, como tal, se ve bien parecido en la foto en la que aparece –en realidad— odiando.

Sin embargo, lo sano parece que sería saber cuándo se odia, reconocerse odiando, aceptarse odiando, primer paso para dejar de odiar.

Pero al que odia de frente lo proscribimos con facilidad. Y posiblemente sea el odiador menos peligroso: lo ves venir desde lejos, conoces su odio desde mucho antes de que te pueda atacar, tienes tiempo para prepararte y responder adecuadamente a cualquier intento suyo de hacerte daño. Pero nuestro deseo de positividad nos impide convivir con él, lo proscribimos de inmediato y, así, nos desentrenamos. En cierto modo, al apartarlo de nuestro lado, nos hacemos vulnerables.

Por otro lado, una positividad sin otredad conduce a la depresión, dice Byung-Chul Han. La positividad sin negativo vendría a ser como un cuerpo en el que las defensas, al no haber un “otro” amenazante, atacan al mismo organismo, y esto es algo que conduce a la “enfermedad neurológica”.

Pero en esta sociedad nuestra somos tan absolutamente publicitarios que, es lógico, también surge la tentación, en muchos, de erigirse en otredad. Ante un espectáculo tal de narcisismo –si ni siquiera quien odia se permite ocupar el lugar de la otredad, del negativo, del oponente—, cada vez hay más gente que, sin más, decide ocupar ese inmenso espacio vacío. Serían serios Darth Vaders, porque, en esos casos, parecer rematadamente malos puede resultar de lo más. Alguien tiene que hacerse cargo de ocupar el lugar y el papel –que permanece libre— del otro. El mal mola.

Un ejemplo claro de Darth Vader respecto de nuestro exceso de positividad publicitaria podría ser el Estado Islámico. Ante nuestra positividad, asumen el papel de negatividad misma (véase la vestimenta negra, la bandera nagra, las decapitaciones de occidentales como amenaza y provocación), y nos desconcierta, no entendemos cómo se puede querer representar eso, la otredad absoluta a esto, el negativo de  lo que somos, que es tan cool. Cómo se puede querer representar lo contrario de “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Lo curioso del caso es que el Estado Islámico (que no es ni Estado ni Islámico, por cierto) se nutre y está dirigido, en gran medida, por occidentales, por gentes que se criaron entre nosotros, que fueron educados en nuestros valores, y que decidieron pasarse al “lado oscuro de la fuerza”. En gran medida, ni religión ni política, son una reacción a nuestro exceso de positividad.

Imagen: David Jon Kassan. (1977, Little Rock, AK)

Más Información: http://www.davidkassan.com/paint/

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